El cauce de las posibilidades infinitas

Debemos aceptar nuestra existencia en toda la medida en que corresponda: todo, aun lo inaudito, debe ser posible en ella. Esto es en el fondo la única valentía que se nos exige: ser valientes para lo más extraño, asombroso e inexplicable que nos pueda ocurrir. (...) Pero el miedo a lo inexplicable no sólo ha hecho más pobre la existencia del individuo, sino que también las relaciones de persona a persona están limitadas por él, como si se las hubiera sacado del cauce de las posibilidades infinitas a una orilla baldía, donde no tiene lugar nada. Pues no es sólo la pereza lo que hace que las relaciones humanas sean tan indeciblemente monótonas y se repitan sin renovarse de caso en caso; es el miedo a alguna nueva experiencia no previsible, a cuya altura uno no cree haber crecido. 

Cartas a un joven poeta. Rainer María Rilke.



Reconócelo: tienes miedo. Este cerebro nuestro nos manda continuos mensajes de prudencia, que nos impiden salir de la celda. Tu cerebro te dice que eres débil y que no te expongas porque el león puede aparecer en cualquier momento y comerte de un bocado. Siempre ha sido muy útil esta maquinita que llevamos en la cabeza y, por eso, tampoco podemos demonizarla. Sin embargo, yo creo que debemos trascenderla, es decir, salir de la celda, al menos a ratos. Y no estoy hablando de volver a la selva. Ni siquiera de tirarnos en paracaídas. Estoy hablando de algo tan sencillo como no huir de nosotros mismos y de esos sentimientos desgarradores que a veces aparecen. 

¿Identificas tu celda?

Yo lo reconozco: tengo miedo a las personas o concretamente, a hacer el ridículo, a quedar mal, a no gustar, a que me critiquen, a los gritos, al conflicto. Y si lo pienso un poco, es absurdo ese miedo porque en ningún momento estoy ante un abismo físico. El abismo es emocional. Y para evitarlo, me mantengo en lo de siempre, para sentir lo de siempre. Voy por el camino trillado porque creo que, si doy un paso en falso, no podré regresar y me quedaré sola en una tenebrosa cueva. Y eso es porque no creo en mis propias fuerzas para regresar a mi mullido almohadón, donde todo eran caras amables.

¿Para qué la valentía?

Para ser personas completas. Ser valientes para lo más extraño, asombroso e inexplicable que nos pueda ocurrir. Si nos quedamos en el mullido almohadón, aferrados a un solo personaje, nos perdemos una buena parte de la vida. Imagina una puesta de sol en la playa con su danza de rojos, naranjas y violetas mientras el amoroso mar acaricia el horizonte. Ahora imagina que ves todo eso desde el diminuto ojo de una cerradura. No sería lo mismo. Pues eso es lo que significa vivir siempre desde el mismo personaje, caminar por lo trillado, no atreverse, hacer caso siempre a la máquina de nuestra cabeza. 

Por eso, no tengas miedo de sentir. Llora, baila, haz el ridículo si te apetece, habla desde el corazón, cambia de camino y permítete dudar de todo. 

En fin, en este momento de mi vida deseo experimentar lo extraño, asombroso e inexplicable. No para entenderlo, sino para hablarlo contigo y maravillarnos juntos; para salir de la monotonía a la que el cerebro me confina; para emprender el Viaje del Héroe que me lleve a la siguiente pantalla de este videojuego; para sentir que sí puedo. Para volver al cauce de las posibilidades infinitas.

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